2008/09/26

Actores del tiempo




Hoy he vuelto a dejar pasar el tiempo sin apearme de él, sin dejar de interpretar mi papel. Lo he parado, lo tengo en mis manos. Hubo un segundo en que mis compañeros quedaron estáticos y el café derramado sobre la mesa de la oficina no alcanzó el suelo, la gravedad se apeó conmigo. Di varias vueltas en torno a una mosca que quedó suspendida en el aire a la altura de mis ojos. Olí a los compañeros de la oficina. Ellos permanecieron ajenos a mi y a mi nariz. Miré la pantalla de sus ordenadores, los pliegues d sus manos sobre el teclado, les miré a los ojos.
Somos actores del tiempo y dejé de interpretar mi papel para mirar con la perspectiva del espectador y lo que miré me conmovió.

El tiempo es una mierda, su paso lo es. Cuando lo asuma os cuento.

“en los vértices del tiempo anidan los sentimientos…” (Manuel garcía Dixit)

2008/07/02

El brujo Cuarta Parte




Como las almas caprichosas que se sacian con la sangre eterna de mil batallas. Oníricamente, recordaba sentirme así, ávido de sangre, de olor a pólvora y miedo, mientras en mi guarida montaba el rifle, pieza a pieza, siguiendo el método que El Brujo me había mostrado infinidad de veces.
Con el desierto como escenario y una nimia brisa como fondo sonoro, me preparaba. Montaba cada una de las piezas del arma que mil veces me describió El Brujo para que lo recordara en mis vigilias. Un viejo Mosin-Nagant de armadura de madera, un rifle ruso con cerrojo. Antiguo pero que había pervivido en el tiempo por su eficacia. Una vez montado me lo echaba a la espalda y buscaba el lugar más adecuado para esperar a mi presa. Ataviado con las prendas adecuadas, que también en mi imaginación me ajustaba metódicamente, corría, me arrastraba, me deslizaba por la tierra y arena de la que habría de ser mi atalaya para disparar. Una vez en el otero adecuado, me acomodaba yo y le acomodaba a él. El rifle a esas alturas de mi vigilia se había convertido en mi hermano cada noche.
Me tumbaba en el suelo y los guijarros que se clavaban en el cuerpo no perturbaban la concentración ni el sueño que a esas alturas empezaba a invadirme. El momento cumbre llegaba cuando el mundo se presentaba a mis ojos (a mi ojo) a través de la mira telescópica, era entonces cuando me sentía verdaderamente poderoso, casi como un dios, capaz de dar y quitar vida a distancias casi eternas, que la bala, al doble de la velocidad del sonido, recorrería en el espacio de un par de latidos.
Una nube de polvo a un par de kilómetros de distancia me advertía de la inminente llegada de mi objetivo. Siempre en el desierto, siempre en un todo terreno serpenteando un imposible camino polvoriento.
El brujo me había aconsejado que para que el método contra insomnes fuera efectivo no debía fantasear demasiado y disparar a no mas de 2.000 metros, para poder creermelo de verdad y concentrarme en lo que estaba haciendo.

-No me importa, nadie sabe como duermo, a muy pocos les interesará y además estoy dispuesto a contarlo, a contar como consigo conciliar el sueño. Tú me imaginas cruel en mis vigilias, un asesino despiadado. Pero hay algo que ni siquiera tu sabes: nunca he disparado, siempre consigo conciliar el sueño antes de apretar el gatillo, además mis víctimas son siempre crueles, dictadorzuelos de países, opresores, bestias sanguinarias. . . a las que nunca he llegado a matar.

-¿Y crees que eso justifica arrebatar la vida a las personas como lo haces?

-Nunca disparé.

-¿Eso crees? No me digas que nunca les has imaginado con sangre en su pecho o la cabeza reventada antes de disparar, durante el proceso ¿Acaso no te das cuenta que es eso precisamente lo que te infunde el sueño, lo que te permite dormir?


El Centinela, despistado, se había olvidado de cambiar el disco. El silencio de la música y la lluvia extinta en el exterior del Brujas descubrieron nuestra conversación, que a mi me pareció atronadora ante el silencio repentino, pero ni el centinela ni el resto de parroquianos parecieron darse cuenta de nuestra conversación. El brujo seguía allí, escondido en la penumbra, o quizá el fuera la propia penumbra.

- Nunca he disparado, repetí terco.

2008/06/26

El brujo Tercera Parte

Las puertas y ventanas trilladas, cubículo de arañas, son las caras de los hogares con sus ojos, son sus bocas cariadas, son el espejo del abandono y la señal de un hogar muerto a la espera de un alma. Salen al camino de un inquilino que les colme y les expulse el aire rancio. En el Brujas las puertas y ventanas se abrían hacia el interior. Era como si dentro fuese afuera, como si el local fuese la propia calle oscura con ojos mirando tras las ventanas. Una eterna sensación de estar fuera de lugar siempre te permitía permanecer alerta. Una eterna Vigilia. En la penumbra le encontré.

-¿Por que me susurras, temes que te vean conmigo?

-Sabes que no, El Centinela sabe que he venido a buscarte.

-Pero el no cuenta, el ya te conoce, nos conoce…

-Es igual, no susurro. Es así como hablo.

- ¿Por que no eres capaz de reconocer que te avergüenza que sepan de mi, de tu relación conmigo? Es igual ¿Para que me quieres hoy?

-Quiero despedirme, quiero que te marches.

- Ja, ja - El brujo soltó una sonora carcajada, sin ningún pudor. Temí las miradas de los parroquianos. Ellos apenas se inmutaron y siguieron acodados en la barra los más, dormitando al son de Los Burning sobre las mesas los menos-


Me había convertido en un ser absolutamente dependiente. Dependía del Brujo para conciliar el sueño, el fue quien me proporcionó el sistema para quedarme dormido:

Yo me desnudaba lentamente al lado de una piscina solitaria y metódicamente repasaba cada uno de los pasos dados para despojarme de la ropa, generalmente estival. Después recorría peldaño a peldaño toda la escalera y ascendía a un trampolín tan quimérico como la propia piscina. Todo estaba en mi cabeza, pero me había acostumbrado a repasar tan minuciosamente los pasos, que conocía la perfección cada uno de los 13 escalones necesarios para ascender a la plancha de lanzamiento. Olia el cloro y sentia como el suelo se clavaba en la planta de mis pies. En mi vigilia llegaba al extremo de la tabla y asomaba los pulgares del pie a la piscina. Poco después y tras adoptar una pose atlética, me lanzaba. Siempre conseguía dormir antes de terminar de caer, antes de zambullirme, pues paso a paso ralentizaba la caída en el aire y asumía mi condición de insomne perdiéndome en los brazos de un Morfeo redentor.
El primer día que me zambullí y lo recordé al despertar, sabía que algo había cambiado. Nunca más pude utilizar el sistema del trampolín. Lo intentaba cada noche, pero cada noche, al refrescarme con el agua gélida de la piscina, me despertaba y el alba me sorprendía con los ojos como platos. De nuevo recurrí al brujo. El me proporcionó un nuevo método.

-¿Por que no cuentas como consigues conciliar el sueño?- Dijo sonriendo, seguro de si mismo y advirtiendo con el gesto que no estaba dispuesto a soltarme las pelotas por las que me tenía agarrado.
- He venido para decirte que estoy dispuesto a contar todas esas cosas, no quiero depender de ti.

El estrépito de la lluvia en el exterior cesó, pero un último relámpago me permitió ver su cara. Era el rostro de un seductor. El brujo seducía con la mirada y si no fuera por su calculada pose, yo diría que físicamente se me parecía bastante. A pesar de mi firme convicción el no parecía dispuesto a dejarme tan fácilmente y siguió con la mierda del método para insomnes que me había proporcionado.
- ¿Aun no te has cargado a nadie? Recuerda que el día que te lo cargues será como el primer día que te zambulliste en la piscina. Nada volverá a ser igual, no volverás a conciliar el sueño.


Como las almas caprichosas, que se sacian con sangre eterna de mil batallas…

2008/06/16

El Brujo Segunda Parte

… los párpados caídos le conferían el deje que en el pasado fue pose amable y que le habían convertirlo en el tipo flemático que ahora dirigía El Brujas.
- No lo se, busca en la oscuridad, seguro que está por ahí en algún rincón. - Dijo, con sólo media sonrisa pero suficiente para delatar sus avanzadas caries y una boca lobuna -
- Pídeme una cerveza, voy a ver. Pero que no sea ese pis que te estás bebiendo. De botella oscura. – Dije, avanzando a la oscuridad.
Alguna vez, entre la mugre untuosa del suelo y el escaso mobiliario del local, se adivinaban las piedras de la antigua bodega. Caminar sobre tierra y piedra te mantiene en contacto con la realidad, la mugre y los efluvios del Brujas proporcionaban la dispensa necesaria para perderse en la oscuridad y buscar en ella. En ella busque durante un buen rato, hasta que decidí tomar la botella que me ofrecía El centinela y hundirme en un rincón a esperar. En la calle arreciaba la tormenta. De niño, en casa, alguien, no recuerdo si mi madre o mi abuela, sufría verdadero pavor por las tormentas. Nos hacía acostarnos fuera la hora que fuese, encender una vela y desconectar cualquier aparato eléctrico, castigar los espejos contra la pared y por supuesto rezar a la santa para conjurar el nublado no por este orden obligatoriamente.

Santa Barbara bendita
Que en el cielo esta escrita
Con papel y agua bendita
Libranos de la centella
Y del rayo mal airado
Por Jesus que esta clavado
En el ara de la cruz …

Y luego se cerraba la letanía con un latinajo que colmaba el conjuro y llenaba el espíritu miedoso, no se si de mi madre o mi abuela.
Antes de devolver la mirada a la botella, supe que se encontraba allí, a mi lado. Pude sentir su aliento procedente de la oscuridad. El resto del local permanecía ajeno a nuestra presencia y los Doors se diluían en la espesa capa de humo que poblaba el antro.

2008/06/11

EL brujo parte 1ª


Somos la raza de la razón, nos creemos en un nivel diferente de evolución por nuestra supuesta superioridad moral, pero poseemos instintos que condicionan nuestro comportamiento. Instintos primarios a mayores de la necesidad de alimentarse, follar, reír, acariciar…, hasta emborracharnos. Poseemos instintos que nos convierten en las bestias que ultrajamos. Somos seres simples que caminamos erguidos y manejamos herramientas. Si, tenemos instintos, necesidades. Aquella noche eterna necesitaba encontrarme con el Brujo, que me aclarase las ideas, y me fui a buscarlo. El local era uno de esos antros encantadores y de mala muerte, donde uno puede morir sin que el resto del mundo se entere del óbito hasta el alba, un lugar al que acudir para olvidar e incluso para reencontrarse.
A pesar de la hora y el alcohol, lograba enlazar un paso tras otro con cierta sincronía y menos tieso que un palo pero mas que un falo erecto. Había que descender unas escaleras de piedra para entrar, después de recorrer no pocas callejones del barrio menos antiguo y más viejo, en los que la única compañía era el eco de tus propios pasos. En la barra una montaña de cera de años cosechaba las lágrimas de las velas en la única parte del garito con cierta iluminación. El Brujas era un antro con perpetuo hedor a maría, plagado de rincones oscuros, camareros misteriosos y suelo viscoso. Los aquelarres no eran allí casuales y las parejas ocasionales conjuraban su amor entre nubes de humo, "Riders on the storm" de los Doors y tragos de cerveza caliente.
Al centinela lo encontré aferrado a la barra, pegado a un botellín transparente . A mi siempre me ha parecido que la cerveza en botella de cristal diáfano es lo mas parecido al pis. Si además te lo sirven caliente, la ecuación encaja. El centinela sorbió ruidosamente antes de volverse, y antes de volverse preguntó:


-¿Qué, le buscas otra vez?
-¿Crees que me pasaría por este antro de mala muerte si no fuera así? ´


El centinela giró y se acodó en la barra. Su mirada era untuosa, como el suelo del bar…

2008/05/15

Tetas Peligrosas

Unas nimias comillas latinas en Times New Roman me han recordado a Doña Ceci. Mi profesora de séptimo, seguramente del Opus Pero, y a pesar de su entonces avanzada edad, con un «cruzado mágico» de espanto (apréciense las comillas latinas en Times, entrecomillando los términos cruzado mágico) Sus tetas puntiagudas amenazaban por proximidad con sacarnos un ojo. Sobre todo, por que su escasez de talla hacía que tan comprometidos senos se columpiasen vertiginosamente a la altura de los alumnos de séptimo, de sexo masculino, ávidos de una imagen que llevarse a la retina. Nuca después conocí a nadie capaz de hacer llaves como aquellas, estilizadas, perfectas…. A ver. Repito. Ni era cerrajera ni profesora de judo. Me refiero a las llaves latinas esas de los conjuntos disjuntos (¡pedazo discrepancia!) aquellas que utilizábamos para hacer esquemas cuando estudiamos.
Doña Ceci, mi profesora madura de séptimo de senos punzantes y afilados, tenía manías extrañas. Como la de hacernos barrer la clase casi a diario, con lo que nos jodía los recreos casi a diario. Pero lo extraño no era en si el barrido sí no el método. Por cojones, o mejor, por tetas picudas, teníamos que hacer montoncitos de polvo «Ui si Doña Ceci me oyese» (apréciense las dichosas evocadoras comillas latinas) Digamos mejor mierda. Cada poco, cada 30 centímetros, centímetro arriba centímetro abajo, debíamos hacer aquellos volcancitos. El misterio estaba en no trasladar el polvo, la mierda, de un lado a otro; con lo que el barrer se prolongaba hasta lo indecible, casi tanto como los recreos que nos perdimos por aquellas tetas amenazadoras y aguzadas.
Doña Ceci, con peinado de escarola, que no afro, y prominentes tetas picudas, llego una mañana escandalizada. Había escuchado una canción, supongo que accidentalmente en un lapso entre Mozar o una serenata gregoriana. Pero lo que realmente la escandalizó no fueron los ritmos, obscenos como sus tetas, si no el título y la letra: «Me gusta ser una zorra». Creo que se llamaban Las Vulpes la banda en cuestión, e interpretaban una versión de «I wanna be your dog» de The Stooges. Poco después del escandalizamiento de Doña Ceci, tendría lugar uno de los mayores escándalos de La Movida. Corría el 23 de abril de 1983, un sábado más salvo por el hecho de que a los directores del programa musical matutino, Caja de ritmos, se les ocurrió emitir en horario infantil esta canción. Rodaron cabezas, dimitieron directivos y todo.
Pero lo mejor de todo, lo mejor de todo fue… uhmm escuchar de labios de aquella zorr.., ¡Uy perdón! de labios de Doña Ceci aquello de «Me gusta ser una zorra».
¡ Jua jua! pobre.


2008/04/21

La leyenda del tiempo

El Sueño va sobre el Tiempo

flotando como un velero.

Nadie puede abrir semillas

en el corazón del Sueño.


¡Ay, cómo canta el alba! ¡Cómo canta!

¡Qué témpanos de hielo azul levanta!


El Tiempo va sobre el Sueño

hundido hasta los cabellos.

Ayer y mañana comen

oscuras flores de duelo.


¡Ay, cómo canta la noche! ¡Cómo canta!

¡Qué espesura de anémonas levanta!

Sobre la misma columna,

abrazados Sueño y Tiempo,

cruza el gemido del niño,

la lengua rota del viejo.

¡Ay cómo canta el alba! ¡Cómo canta!

¡Qué espesura de anémonas levanta!

Y si el Sueño finge muros

en la llanura del Tiempo,

el Tiempo le hace creer

que nace en aquel momento.

¡Ay, cómo canta la noche! ¡Cómo canta!

¡Qué témpanos de hielo azul levanta!